El regalo de la empatía

El regalo de la empatía

Hace unos años, volvía a casa con mi madre después de hacer la compra semanal. Conducía por la autovía, cuando, de repente, vimos cómo un coche que circulaba en sentido contrario perdía el control. El coche cruzó la mediana dirigiéndose hacia nuestro carril y levantando una polvareda que no nos dejaba ver nada. Fue un momento angustioso. Frené en seco y cuando el polvo se retiró, pudimos ver el vehículo a unos 30 metros por delante del nuestro. Había volcado encima del turismo que circulaba delante de nosotras. Una persona yacía muerta en la carretera a escasos metros y varias quedaban atrapadas en los vehículos.

Mi madre y yo nos bajamos de nuestro coche. Yo estaba muy nerviosa y ella entró en una crisis de ansiedad. Uno de los ocupantes de los vehículos que circulaban detrás nuestro se bajó del coche y se dio cuenta de nuestra situación. Se acercó a mi madre y empezó a hablar con ella. Le habló tranquila y serenamente, como quien habla con un amigo. La animó a respirar profundamente. Le sugirió que se quitara el reloj que le apretaba la muñeca. La cogió de las manos. Poco a poco, mi madre se fue tranquilizando, respirando, charlando con este señor que la miraba de forma amorosa y amable.Yo también conseguí serenarme y, una vez que ya habían llegado los equipos de emergencia, reanudamos la marcha hacia casa.

Hace poco fui madre. Cuando nació, mi hijo no respiraba bien y se lo llevaron a la incubadora. Mi pareja fue con él. Tras los cristales, ella hablaba con el niño, diciéndole que todo estaba bien, que no estaba solo… Entonces, una de las enfermeras le comentó: “No es por desilusionarte, pero el niño no te oye”. Esas 10 palabras se clavaron en el corazón de mi pareja en ese momento tan importante y delicado.

Creo que la diferencia entre estas dos anécdotas es evidente. En el primer caso, tuvimos la suerte de encontrarnos con una persona que supo conectar con lo que sentíamos en ese momento. Esa persona tenía la capacidad de captar el estado de ánimo de mi madre y la habilidad de actuar para tranquilizarla. Todavía hoy, recordamos lo ocurrido y sentimos agradecimiento por la calidez humana que nos transmitió aquel desconocido.

En cambio, la enfermera que pronunció esas desagradables 10 palabras no supo entender lo que estaba sucediendo. No fue capaz de ponerse en el lugar del otro, y simplemente intentó demostrar que sabía más. Podía haberse callado y respetar la situación, al fin y al cabo, ¿qué más le daba a ella que el niño no pudiera oír?

En mi opinión, sería importante estar atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor. Podemos ser más empáticos sólo con pararnos a pensar qué estará sintiendo la otra persona en ese momento. Una vez que conectamos con el otro, será fácil saber qué hacer para ayudarle, nuestro instinto nos guiará. Y, en las ocasiones en las que no somos capaces de conectar con alguien, será mejor quedarnos callados…

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