Martes con mi viejo profesor

Martes con mi viejo profesor

Leyendo el blog de Álex Rovira me encontré con un artículo en el que recomienda la lectura del libro “Martes con mi viejo profesor”, de Mitch Albom”. Viendo que estaba disponible en la biblioteca, lo retiré en préstamo y comencé a leerlo.

Es un libro muy inspirador y emotivo, que cuenta la historia de un maestro que padece una enfermedad degenerativa y que cada martes se reúne con uno de sus antiguos alumnos para hablar sobre la vida y la muerte. Cada semana, mientras la enfermedad del maestro va avanzando, el alumno acude a su casa para charlar sobre la familia, la muerte, las emociones, el perdón… Para el maestro, entregarse a los demás en ese momento de su vida es la forma de darle sentido a su existencia. Y para el alumno, recibir esas lecciones supone una iluminación para el momento vital que está pasando.

Es un relato del que se pueden sacar muchas reflexiones y que invita a pararse un momento a pensar si realmente vivimos como queremos vivir o si nos estamos dejando llevar por la inercia a la que nos induce la sociedad en la que habitamos. De las muchas lecciones que podemos extraer del libro, destacaría la reflexión que el profesor hace acerca del dinero y las relaciones. Según él, el dinero, las cosas materiales y el poder nunca podrán llegar a darnos la satisfacción que supone invertir tiempo y sentimiento en nuestras relaciones. Amar y entregarse a los demás es para él la fórmula de la auténtica felicidad y la manera de tener una vida con sentido. Todo lo demás son sucedáneos.

Reproduzco aquí un fragmento del libro en el que Mitch, el alumno, recuerda una de las clases de Morrie, el profesor:
“Este día, Morrie dice que tiene preparado un ejercicio para que lo ensayemos. Debemos ponernos en pie, dando la espalda a nuestros compañeros, y dejarnos caer de espaldas confiados en que otro estudiante nos cogerá. La mayoría nos sentimos incómodos al hacerlo y no somos capaces de dejarnos caer más que unos centímetros antes de incorporarnos de nuevo. Nos reímos, avergonzados.
Por último, una estudiante, una muchacha delgada, callada, de pelo negro, que he observado que lleva casi siempre gruesos jerseys blancos de pescador, cruza los brazos sobre el pecho, cierra los ojos, se deja caer hacia atrás y no titubea, como en ese anuncio del té Lipton en que la modelo se deja caer en la piscina.
Tengo durante un momento la seguridad de que se va a caer al suelo. En el último instante, el compañero que se le ha asignado la agarra por la cabeza y por los hombros y la levanta torpemente.
-¡Bien!-gritan algunos estudiantes. Otros aplauden.
Morrie sonríe por fin.
-Ya lo ves-dice a la chica-: has cerrado los ojos. En eso estribó la diferencia. A veces no eres capaz de creerte lo que ves, tienes que creer lo que sientes. Y si quieres que los demás lleguen a confiar en ti, también tu debes sentir que puedes confiar en ellos, aunque estés a oscuras. Aunque te estés cayendo.”

Ésta y otras lecciones de vida hacen que leer “Martes con mi viejo profesor” sea una experiencia muy enriquecedora para aquellos que quieran aprender a vivir cada día un poquito mejor. Y si no te gusta leer, siempre puedes ver la película. Espero que disfrutes de las enseñanzas del viejo maestro tanto como yo.

Comentarios cerrados.